
XVII BIENAL DE CUENCA
Liturgia de lo Inestable
Comisariado por Eduardo Caballero y Francis Naranjo
24 de octubre 2025 - 1 de febrero, 2026
Sede Museo de la Medicina. Capilla de la Medicina
Cuenca, Ecuador
Eduardo Caballero
Mónica López
Francis Naranjo
Liliana Zapata
¿Podríamos considerar la curaduría un juego en sí mismo? Ambos comparten un espacio acotado, con reglas y jerarquías, donde se controlan interacciones y se generan experiencias que trascienden la cotidianidad para explorar otras posibilidades de existencia.
El juego es inherente a la condición humana y una de las primeras estructuras sociales que aprendemos. Proponer esta actividad en un colectivo lo introduce de inmediato en un estado de conciencia alternativo. En contraste, lo curatorial, no promueve esta predisposición, incluso en quienes están más cercanas al arte. Un contexto óptimo para lo curatorial, considerando el devenir público como uno de sus objetivos, sería el de generar el reflejo de inmersión en nuevas experiencias similar al que produce el juego.
El territorio asignado al azar para nuestra propuesta es la Capilla de la Medicina, cuyo acceso puede realizarse desde el Museo de Historia de la Medicina o desde el Centro de Salud Nicanor Merchán. Este conjunto de edificios nos introduce, antes incluso de conocer la propuesta, en una atmósfera compleja en la que se conjugan medicina, misticismo y cultura. Antes de adentrarnos en lo racional o específico, creemos que es necesario invocar y confrontar todo aquello que formará parte de esta experiencia y que viene dado de forma involuntaria. Para ello resulta pertinente rescatar la teoría de la hauntología de Jacques Derrida. Su propuesta pretende entablar un diálogo con el pasado situándose en el lugar insólito en la intersección entre la vida y la muerte, rompiendo con la tradición intelectual que impide escuchar a los fantasmas.
Esta curaduría busca romper la lógica temporal y situarse en un tiempo dislocado, espectral, donde conviven pasado y presente, generando una contemporaneidad otra, una atmósfera de un futuro posible. Derrida defiende la coexistencia con el espectro como forma de tratar el trauma. En esta línea, invocamos los traumas del espacio, para aislarlos o incorporarlos, e introducirnos en otra dimensión cognitiva.
La fachada de este edificio remite a la de un templo católico, asociado a una práctica religiosa que, con la llegada de los colonos, inscribió una herida en la región. Desde entonces, el trauma se ha manifestado en múltiples facetas de lo humano, especialmente en lo relacionado con el poder y la autoridad de una presencia divina trascendental. Tomemos conciencia del espectro religioso que nos atraviesa e intentemos, durante esta experiencia, acercarnos a una libertad mística.
Este mismo espectro de la religión y el poder se vincula también con la medicina. La investigación del cuerpo para sanar dolencias físicas y psíquicas se remonta a los orígenes de la humanidad. Con la modernidad, la institución médica se consolidó, al igual que la religión, como estructura de poder infiltrada en dimensiones fundamentales de lo humano, la salud y lo místico.
Las obras de esta exposición transitan entre dimensiones físicas, simbólicas y espectrales del cuerpo, el territorio y la memoria, tensionando la medicina, como poder y promesa de cuidado, desde perspectivas que entrelazan tecnología, desplazamiento, trauma y ritualidad. La osteogénesis inducida por cobre propone una alquimia delirante donde biotecnología y misticismo convergen en el núcleo del recinto, transformando la idea de lo sagrado en una especulación transhumanista, perpetuando una dependencia tecnológica, habida de materias primas, que incrusta en el hueso lo que la minería significa en cuanto a sometimiento del cuerpo y permanencia de la colonialidad.
La instalación hospitalaria convierte la capilla en un umbral entre vida y muerte, donde se superponen el cuerpo migrante, el cuerpo enfermo y la experiencia lúdica. Todo ello, en conjunción con el espectador, genera procesos de transposición curatorial donde los elementos, objetuales, humanos y no humanos, desencadenan una mutación de medios, lenguajes, disciplinas y culturas que nos trasladan a una experiencia inextricable, donde las posibilidades son infinitas y todo depende del entramado que se construya entre espectador, videojuego, relato…etc. en el instante en que el visitante se enfrente a este dispositivo artístico.
El altar de la capilla se transforma en un espacio que indaga en la ritualidad, la relación metafísica sujeto-objeto y la posibilidad de abrir otras dimensiones de lo sagrado. Las piezas encerradas por los arqueólogos en las vitrinas del museo comunitario parecen recuperar un aliento compartido con la cámara que las registra, como si la imagen pudiera restituirles una forma de presencia. ¿Podrán estas piezas, desplazadas de su función ritual, volver a propiciar lo sagrado? En este juego curatorial, el espectador se enfrenta a una constelación de miradas donde lo arqueológico y lo contemporáneo, el reflejo del agua y la desecación del paisaje, se entrelazan como capas de un mismo tiempo. La sonoridad andina de los instrumentos de viento irrumpe como invocación del aliento de los habitantes de esta isla que recuerda la resistencia de prácticas ancestrales ante el distanciamiento impuesto por la ciencia occidental. Ese aliento interpela nuestra condición occidental y nos concede, al menos por un instante, la posibilidad de una redención simbólica ante el sentimiento de frustración cíclica que provoca la sensación de derrota en este juego occidental impuesto.















